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Azedine Alaïa y el deseo

Sabía que la galería estaba en los bajos del edificio donde él vivió y tuvo su taller. Ya el barrio tiene encanto (18 rue de la Verrerie). El edificio, de color arenisca, es un cielo de ventanas con una puerta que da a un hall a oscuras. Después, llega la luz.

Y allí estaban, tras una pequeña mesa de madera se accedía a una galería con una cuarentena de emblemáticos vestidos. El negro, preponderante, sobresalía sobre el blanco fondo.

La técnica hacía tiempo que buscaba lo invisible, claramente, y sólo los ribetes de cuero, los volantes y los drapeados te hacían centrarte. Pero no sólo las costuras estaban desaparecidas en aquella sala; «desafío a quien se preste a hallar las fechas» había dicho a la prensa Olivier Saillard, el comisario de la exposición. Y aunque en la entrada te daban un pequeño catálogo con la información de los modelos, la verdad es que a nadie vi mirarlo. Allí, lo que queríamos todos era otra cosa…

Hay un dolor en las exposiciones de moda del que nadie habla: y es el que produce el no poder tocar lo que se ve. Porque el textil, al contrario que otros, es un arte para llevar puesto. La tela cobra vida al ser vestida, y mirarla y no poder tocarla es como mirar pan, y olerlo, y no poder catarlo ¿Cómo sabré su tacto, su peso, el fru-frú de su paso, la presión del talle, el bailar de la falda, la largura, su abrazo… si no puedo tocarlo ni probármelo? Es una pena inevitable. Y en esta exposición, entre gasas, tules, cuero y terciopelo, las mujeres acercaban sus caras hasta la tela todo lo más que podían, en un intento de imaginarse dentro, de vestirlos con la imaginación. Lo miraban. Daban un paso al frente más. Se inclinaban, más. E inspiraban. Y suspiraban. Y retenían la postura. Y dolía tanto, que se tenían que alejar. Era tan grande el deseo de tocar, que el gemido casi se oía.

Y es que Alaïa tiene ese poder. Esa perfección sorprendente, que te hace querer girar la tela; ese detalle inesperado, que te hace querer saber cómo queda; esa curiosidad por el diseño, que te hace desear ser abrazada por el modelo. Alaïa siempre supo recoger el deseo.

 

 

 

Así que tras varias vueltas, sacar fotos, y un profundo suspiro, abandoné aquella sala de silencios rotos, con la promesa de Richemont en la memoria de que iba a continuar con su obra, y los ecos de las historias de modelos como Naomi Campbell cenando en la cocina de arriba. Hay realidades que son en sí un mito.

Me perdí en las calles de París, con el deseo de la suavidad de aquellos vestidos de terciopelo retenido en mi mano. Creo que lo ahogué en un vaso de vino. Sólo lo creo, porque miro las fotos y aún me duele no haberlos tocado. Definitivamente, hay placeres reservados a unos pocos.

 

Azedine Alaïa
18, rue de la Verrerie, París